ECUANIMIDAD

Se podría definir la ecuanimidad como esa cualidad que nos protege de la reactividad incontrolada y el desequilibrio. Reactividad ante un suceso o situación que nos molesta o nos agrada, ante lo que “reaccionamos” compulsivamente o con exageración. Y desequilibrio en cuanto a lo que ello supone de alteración de un estado de calma y quietud, que es el que nos ofrece el mejor discernimiento de lo que es correcto o no.

Desde el budismo se ve la ecuanimidad como una virtud brillante, que permite a la mente ver de modo más objetivo y más libre de viejos patrones. Nace del entendimiento correcto y la lucidez, aportando calma interior, impidiendo de alguna manera que tanto lo que nos agrada como lo que no, sea motivo de alteración y desequilibrio.

En lo cotidiano, que es donde al fin y al cabo nos movemos, ecuanimidad para ser capaces de valorar qué suma a nuestra vida y que nos resta.  Ecuanimidad para saber aceptar lo que la vida nos presenta. Ecuanimidad no significa conformidad ni indiferencia, sino actitud consciente y serena, en la consecución de un objetivo. Sin olvidar, que  la ecuanimidad es algo deseable de lo que podemos carecer y seguir siendo, a pesar de ello, grandes en lo cotidiano, en el trabajo con nosotros mismos, en el resultado de nuestro esfuerzo; en la sinceridad de lo que apreciamos. Ecuanimidad para crecer desde la sencillez del aprendiz que siempre seremos.

Pero también, si se me permite y aunque sea rizar el rizo, ecuanimidad para discernir lo que es el apego a la ecuanimidad, incluso. Demasiadas veces el trabajo con las enseñanzas acaba siendo un apego en sí mismo cuando nuestra vida entera se enfoca en mantener unos límites, unos preceptos, cuando el enfoque se atasca en el zoom y no podemos ver lo cercano. Recordemos la historia de Buda y su discípulo Sona… no hay que tensar demasiado las cuerdas, ni dejarlas demasiado flojas…

Es largo el camino… la Iluminación puede esperar. Al fin y al cabo, recordemos que es sólo para unos pocos    😉

Etiquetas: , ,

Deja un comentario